Cartas a Starman (4)

Querido David Bowie:

No hay vuelta atrás. Y a veces quisiera volver y no haber aprendido tanto.

Nuevos números se anotan hoy en libros y cuadernos obligando a sumar amor, restar egoísmo, multiplicar risas y dividir tiempo. Nuevas palabras se escriben en las frases. Otros colores decoran los mismos paisajes. Nuevos sabores se instalan en mis gustos.

Ya no soy la misma y eso me motiva.

Y aunque decida quedarme a un lado del camino, jamás voy a borrar del asfalto las huellas de la ternura, que por segundos fue infinita y que en centímetros escribió una historia interminable.

Así como no se puede frenar el tiempo, dejar de escuchar lo que el corazón grita es imposible.

Taking it all the right way

Keeping it in the back

Taking it all the right way

Never no turning back” (Right, David Bowie)


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Cartas a Starman (3)

Querido David Bowie:

“Vivir a través de otro” fue alguna vez una frase sin valor, palabras armadas que olían a conformismo.

Pero llegó el día en que tiene asidero. Se lee bonita y suena al ritmo del corazón, dibujando una sonrisa cada vez que la pronuncio.

Puede ser empatía, pero la sensación va más allá de ponerse en el lugar del otro. Más profundo. El sentimiento es completo: Disfruto cosas que no tengo, me entusiasmo con tareas que no hago y soy feliz con logros que no son más que prestados.

Escribí 130 páginas sin apretar una sola tecla, rogando para que cada letra calzara…pidiendo para que cada párrafo reflejara el trabajo de meses…años. Vi nacer proyectos que nunca pensé priorizar y sin ser parte de la génesis, sentí cada avance como si fuera mío.

Mojé mis pies, surqué aguas tranquilas capitaneando por primera vez y no toqué una gota de agua. Puse a prueba mi fuerza de voluntad, corrí la distancia de cuatro maratones y superé mis límites… sin sudar una gota. Sentí aumentar mi pulso…sin alterar mi respiración.

¡Quédate maravillosa sensación, que quiero seguir viviendo de esta forma!  Y como un hada madrina concédeme instantes diferentes, de ésos que se viven con cada latido y se disfrutan suspirando.

 

“Don’t you wonder sometimes
about sound and vision…” (Sound and Vision)

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Cartas a Starman (2)

Querido David Bowie:

Tengo claro, especialmente al mirarme al espejo, que el tiempo es un villano que no se detiene ni ante las súplicas más intensas. Lo veo pasar en la gente que amo, en mi historia y quisiera detenerlo de alguna forma.

Y la verdad es que hay una manera, que llegó a mí sin esperar, que me ofrece congelar segundos como si fueran minutos, minutos como si fueran horas.

La solución está en esos ojos, que me miran con profundidad y me llevan volando hasta otro lugar en tres larguísimos segundos. Está en esas manos, que me acarician con calma recorriendo cada centímetro como si fuera arena. La solución está en las palabras que se encuentran en frases dedicadas, que diseñan un mundo sin fin entre dos, bello pero imposible de concretar.

Allí vivo eterna y no me frena el despertador. Nado profundo y no le temo a la presión. Vuelo alto y mis alas no se derriten. Corro rápido y mis pies flotan sobre el suelo.

Quiero ahora robarle al tiempo, disfrutar momentos regalados, ansiados, incandescentes. ¡Ahora!

“We could steal time, just for one day” (Heroes)

david

Cartas a Starman

Querido David Bowie:
Estás a mi lado de la cama, en fotos y textos que he leído más de una vez. Y siento que eres parte de las cosas que vivo, que siento y que disfruto.

(“There’s nothing much to take, I’m an absolute beginner”)

!Absolutamente! 

Pese al camino que ya he recorrido, sentí que no tenía mucho que ofrecer. Quizás por eso estuve callada mucho tiempo, quizás por eso pensé que jamás íbamos a coincidir.

Pero coincidimos.

Y tal como tu búsqueda, mi querido duque blanco, recorrí lugares que no conocía, religiones que no compartía y sabores que no esperaba.

Y sigo siendo principiante, con el corazón teñido de rojo otra vez, pero abierto y llano como al inicio.

¿Imaginemos otra historia?

– Quédate…

– No puedo…

– Quédate, un rato más hoy por favor.. (y la voz de Andrés ya no temblaba como siempre…)

Daniela bajó su pesada mochila y se sentó a su lado, acarició su mano y allí sintió que nunca más se separaría de su lado.

Día uno

Como cada lunes, Daniela apuraba el paso para alcanzar el bus hacia su casa. Eran más de las seis y una larga jornada de clases la había mantenido todo el día en la universidad. Sin almorzar, sólo imaginaba llegar pronto y comer lo que hubiera en el refrigerador.

Pensando en eso subió al bus y se sentó mirando la ventana. Intentó contar las hojas que había fotocopiado, pero el hambre no le permitió seguir.

Y pensando en algo de comer, nuevamente pasó de largo y tuvo que bajarse en la siguiente calle.

Mochila en los hombros, libros y papeles en las manos y casi corriendo caminó la cuadra hacia la parada.

Vivir lejos y tener que tomar dos buses para llegar a casa, era sin duda y hasta ahora, lo peor de la etapa universitaria. Y es que Daniela no estaba acostumbrada a perder tiempo sobre un bus, y ahora menos sobre dos, todos los días de ida y de vuelta. Como siempre los buses venían llenos. Como nunca, hacía frío y no había traído suéter. El frío y el hambre ya la sobrepasaban.

Ansiosa, desde que era muy pequeña, Daniela comenzó a moverse de un lado a otro, esperando la llegada del bus.

Un movimiento fuerte y dejó caer su mochila, pero sin soltar sus libros y papeles…el certamen de la semana siguiente era su principal preocupación y no iba a perder la  herramienta para conseguir un seis, como mínimo.

Sin ganas se agachó a recoger su bolso y en la calle un par de zapatillas nuevas llamaron su atención.

Subió la vista y allí lo encontró: No muy alto, desgarbado, con unos jeans gastados y una polera oscura, Andrés había bajado de su departamento a comprar a la esquina. Contando el dinero, se detuvo en el mismo lugar donde ella estaba.

– “Gracias”. Dijo Daniela sin muchas ganas…

Ni una palabra salió de la boca de Andrés, que quedó pegado en el café brillante de esos ojos.

La puerta abierta del bus y Daniela subió apurada, se sentó y desde la ventana siguió mirando al joven desgarbado dueño de las zapatillas nuevas. Sonrió, puso la mano sobre el vidrio, el bus partió y ella perdió su rastro.

Volvió a pensar en sus apuntes y la rutina de sus viajes la devolvió a la realidad en un minuto.

Andrés sin embargo, no pudo moverse de la esquina por más de diez…No había ojos más hermosos que ésos y ahora sólo quería dibujarlos. Al reaccionar, trató de guardar pistas y se apuró en volver al departamento para anotar el día y hora en que esos ojos se cruzaron en su camino.

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Agua

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Llegué a Toronto con el corazón apretado. Después de doce días lejos, muy lejos, mis suspiros se hacían más largos. El teléfono y chat ya no eran suficientes.
En el camino a Niágara (tres horas desde Toronto), una ruta hermosa y ordenada, repasé momentos importantes de este año. Imaginé el regreso y un poco de calma me permitió disfrutar y enfocar nuevamente el camino.
Bordeamos el lago Ontario, el más pequeño de los cinco Grandes Lagos ubicados en la frontera de Canadá y Estados Unidos, y el agua volvió a ocupar mis pensamientos, como tantas veces este último año.
Agua que fluye, que invade, que hace crecer árboles y plantas, que revive, que salva.

Yo soy agua. Esa del lago Erie que permanece inquieta, se une a la del río Niágara y se encuentra de golpe con el agua del lago Ontario formando las hermosas cataratas.
Dos aguas, de fuentes diferentes se unen en un caudal furioso que cae con fuerza y que al golpear se renueva. Y ese vital líquido ya nunca volverá a ser el mismo. Nunca más.

Al caer, 54 metros desde la Herradura (Cataratas Canadienses) el agua del Niágara se vuelve rocío: pequeñas gotas que llenan el escenario. Una a una, cubren todo y sostienen un maravilloso arcoíris. La imagen es impactante y vuelvo a señalar que el “paisajista universal” es grandioso.
Agradezco ser agua y poder fluir, ser rocío y convertirme en colores fantásticos. Doy gracias por ser un nuevo caudal, sentirme viva y feliz. Soy parte de una corriente que penetra cada rincón, que busca un lugar, que se adapta a lo disponible, que traspasa y permanece.

Pero la analogía del agua y la vida no es nueva.

Cuenta la leyenda…que tras la catarata Herradura residía el dios del trueno. Una tribu india habitaba el sector y el padre del grupo entregó la mano de su bella hija Lelawala a un valiente soldado. Ella en desacuerdo tomó una canoa y se lanzó cascada abajo. El dios del trueno salvó su alma y ella permanece junto a él en una caverna tras la catarata.

Lelawala decidió entregar su alma y en su gesto se volvió eterna. La imagino al borde de la corriente y su rostro es el mío mirando fluir el agua, avanzando hacia el río poco a poco, pero decidida.
No hay vuelta atrás y eso no es motivo para estar triste. Estoy en la piel de la mujer india y con los ojos cerrados respiro profundo, me siento en mi canoa, extiendo los brazos y allí voy… Vuelvo a ser agua y así decido quedarme: fusionada a otro caudal, cayendo con furia, meciéndome luego con calma, invencible como Lelawala.

 

 

¡Cuánta historia tras esos ojos!

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La que está en esta fotografía soy yo. Con mis ojos grandes, delineados y brillantes. Alegre y entretenida.

Pero la verdad es que hay harto más que eso en mis ojos: Han visto nacer y crecer a mis tres bellas niñas. Han visto envejecer a mis padres y aprendido a apreciar las arrugas.

Han disfrutado amaneceres, enfocado árboles y montañas. Han estado de frente a ojos tristes, otros molestos, pequeños ojos ansiosos, maravillosos ojos enamorados…

Mucha historia tras estos ojos y así, tal cual, descubrí una historia impensada en un simple jarroncito chino.

Y será la última vez que escriba “simple jarroncito”, pues el aprendizaje fue intenso al conocer el trabajo y dedicación tras cada compartimiento, esmalte o incrustación de los bellos cloisonné de Beijing.

 Habíamos recorrido más de 3 kilómetros de la Gran Muralla y el corazón aún estaba sensible tras el imponente paisaje y tanta historia absorbida en un par de horas. Teníamos hambre y llegar al restaurante fue un regalo.

Mi inquietud me sacó del comedor en poco rato y bajé a ver las colecciones de figuritas, jarrones y platitos.

Los colores hermosos me mantuvieron interesada. Alabé la técnica y descubrí que llegó a China desde el mundo islámico en el siglo XIII. Las piezas más antiguas en el gigante asiático pertenecen al reinado del emperador Xuande (1425 – 1435) y las más elaboradas y preciadas de la Dinastía Ming. Hasta hoy, son piezas de coleccionista y decoración muy apreciadas en Asia y el mundo.

Y las descubrí también a ellas. En un pasillo oscuro y frío, siete mujeres chinas trabajaban intensamente dando forma a esos hermosos objetos. No hablaban, ni siquiera levantaron los ojos para mirarme y continuaron en lo suyo.

Una daba forma a los compartimientos, con láminas muy delgadas de alambre de cobre o bronce que marcaban el contorno de distintas figuras: flores, dragones, hojas, animales. Sus manos recorrían el gran jarrón con rapidez. No quise hablar por no interrumpir. Y costó quedarme callada.

Otra exhibía sobre su mesa recipientes con cerámicas de colores ¡bellos colores! Con pequeñas herramientas depositaba la cerámica en los alvéolos. Sabía de memoria el modelo, pues no dudaba en insertar cada color con rapidez y seguridad.

Otras tres oían música bajito. Tapadas sus rodillas con mantas, se notaba tenían frío, pero continuaban la tarea sin parar.

Las miré de cerca por harto rato y no sonrieron nunca. Yo parecía invisible y ellas ausentes.

Las miré de lejos y nunca cambió su actitud. Las fotografié y no dijeron ni una palabra.

Salí del pasillo y fui a mirar nuevamente las figuritas, jarrones y platitos. Esos que dije eran caros y colorinches…Y ya no me parecían simples.

¿Cuánta historia de vida había detrás de cada figura? ¿Cuántas horas de esas mujeres tristes? ¿Cuántos suspiros, parpadeos, latidos…ocultos tras las láminas adheridas y la cerámica vitrificada?

La señal

Me siento grande por llegar a este lugar sin temor. Por subir al funicular con mi cámara y aceptar la aventura de la Montaña Amarilla, Huangshan, sin peros.

El golpe avisa. Y la montaña me devolvió a mi pequeño espacio en cinco segundos, como un minúsculo ser en medio de tan profunda y grandiosa belleza.

El paisajista de este lugar merece todos los premios. No hay espacio que no armonice: montaña, árboles milenarios, rocas y bruma combinan perfectamente y en tamaño XXL.
En mi espíritu pagano pasean imágenes de Avatar, película que inspiró su locación en Huangshan. Y me repito que en vivo y directo todo es mejor.

A mil metros de altura comienzo el recorrido que nos tomará aproximadamente tres horas y a pie. Y, retomando la tarea propuesta por mi estimada Loreto Caviedes, me lanzo dispuesta a que cada uno de mis pasos evoque a quienes amo, a quienes quiero y sean oración para pedir la bendita señal.

La neblina no deja ver el paisaje y antes de quejarme prefiero recordar a alguien que una vez me dijo que, a medida que se avanza, probablemente se despeja el camino…

Los escalones son hermosos, grises y húmedos. Leo en cada uno de los ellos a mi madre mirándome avanzar.

Miradores en distintos puntos de la ruta permiten disfrutar la vista, ahora despejada con rayos de sol suaves que se abrieron paso entre la neblina.

Un corazón y cientos de ellos anclados a una baranda parecen ser lo que esperaba. Amor arraigado, en un lugar donde el tiempo no pasa, donde la belleza es profunda y clara. Esos corazones me traen a mis hijas.

En otra parada está el agua, bailando entre las piedras, lubricando el camino, tal como el amor que hoy suaviza mis días. 

 15347 pasos me dieron la posibilidad de ver a mucha gente que ha caminado conmigo. Y agradezco una vez más…un sorbo de agua y gracias denuevo.

Quiero guardar todo en la cámara. Y eso implica estar atenta al bolso, la batería, el lente, la tapa. Entonces, como lo hago día por medio, me reto en voz alta y aclaro que no voy a dejar de disfrutar por guardar momentos.

Click y la señal está cerca. Árboles milenarios, piedras eternas, cielo en la mano y la señal no era otra que el obturador de la Nikon.

Vale la pena vivir cada día pensando en después y tratando de guardar imágenes que podría necesitar o no?

Es preferible abrir los ojos y disfrutar el momento, inhalando belleza y exhalando buenos deseos?

 

Ni hao Beijing!

Hay que tocar nueve veces la puerta del palacio imperial de la Ciudad Prohibida, pues es buen augurio. Y así lo hice, tan al pie de la letra, que cada puerta que crucé recibió las caricias de mis manos, nueve esperanzadas veces.

Llegué a China sin haber recorrido antes algún otro lugar del mundo. Pagué con creces el noviciado de los viajes largos. Pero ya logré comprender por qué debo vivir esto ahora, por qué el camino me trajo tan lejos. Lo comprendí, y nueve veces.

Bitácora

Pocas expectativas siempre.

Eso me dijeron y yo, que soy dispersa, aún no hago caso. Y es que no puedo esperar poco de este ansiado viaje, que me llevará al otro lado del mundo con mis sueños, miedos y esperanzas.

De lo que llevo en mi equipaje me interesan mis documentos, el teléfono, cargador y la cámara. Lo que soy, lo que me conecta con mis amores y lo que quiero mostrarles.

Por fin a mis 40 años y gracias a las experiencias de este 2016, aprendí que la ropa sólo pesa y estorba. Debo señalar que 400 cc de mi maleta son zapatillas, calzas y polera runner.

El primer aeropuerto es el más tranquilo que visito. Santiago de Chile ya es mi segunda casa. Respiro profundo al pensar en el aeropuerto Lester B. Pearson de Toronto (ex primer ministro de Canadá y premio Nobel de La Paz en 1957) y en el de Pekín, considerado el más grande del mundo por su tráfico de más de 90 millones de pasajeros sólo en 2015.

Ya llego Canadá. Espérame China.  !Este metro y medio de mujer va dispuesta a traer en sus primeras arrugas rastros de historia, cultura y entretención!